Por: Profr. José Luis Fernández Madrid
Perdónenme, pero a los maestros y maestras no les pagan para dar sus clases sorteando el gélido frío ni bajo el ardiente sol; no les pagan para soportar padres de familia agresivos e insultantes; no les pagan para tolerar faltas de respeto estudiantiles; se les paga para poner al servicio su vocación, su talento y sus capacidades en condiciones físicas y de infraestructura mínimas para ello y en un clima laboral óptimo y propicio.
Preguntemos, por ejemplo, a los y las docentes de Educación Física, quienes a pesar del frío, viento, lluvia, nieve y calor están invariablemente en las canchas escolares dispuestos a educar; decir peyorativamente que «para eso les pagan» es menospreciar su esfuerzo.
Preguntemos a los docentes de grupo que les toca la guardia a las afueras de las instituciones educativas y a todos los que en los recreos y recesos cuidan y velan por el bienestar físico de los alumnos.
¿Romantizar la docencia? Claro! Porque por sí misma merece reconocimiento y admiración, además por solidaridad y empatía con el gremio debe de hacerse, pues si desde la propia profesión no se defiende y admira ¿Quién más lo hará?
Y no, tampoco se trata de aplaudir a una generación magisterial de cristal, como absurdamente algunos afirman, ya que para ser profesor o profesora en estos tiempos se requiere tener temple de hierro, la piel gruesa, el alma dura pero el corazón blando.
Tratar de, malsanamente, comparar a la docencia con cualquier otro trabajo ya que todos salen a laborar en las mismas condiciones es tan ingenuo como decir que es lo mismo trabajar con materiales que con personas.



