Por. Dra. Nicté Ortiz
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#palabrademujer
La vida es, quizá, uno de los misterios más extraordinarios que existen, y eso, por sí mismo, merece celebrarse. Hace unos meses tuve la oportunidad de contemplar una imagen que me estremeció: una fotografía capturada durante una investigación científica sobre la fecundación, realizada por una amiga biotecnóloga. En ella se observa cómo, en el instante exacto en que el espermatozoide entra en el óvulo, se produce un destello de luz. No es metáfora: es ciencia. Este fenómeno se explica por una reacción bioquímica en la que el óvulo libera iones de zinc, un proceso conocido como zinc spark, que activa cambios metabólicos y produce una breve luminiscencia. Literalmente, al inicio de la vida, algo se enciende. Saber que nuestro origen está marcado por un instante de luz es una razón profunda para celebrar la vida.
A partir de ese instante, cada ser humano se vuelve único e irrepetible, y esa unicidad también se celebra. La unión de dos células no es un simple encuentro: es una combinación irrepetible de información genética, energía y condiciones precisas. Para que la vida surja, deben coincidir el tiempo justo, el ambiente adecuado, la integridad del material genético y una sincronía biológica extraordinaria. No hay dos combinaciones iguales, no hay dos historias que comiencen del mismo modo. Somos resultado de una precisión asombrosa y, por ello, somos únicos. Y ser únicos es, sin duda, algo que merece celebrarse.
Después, crecemos al interior de alguien, y ese proceso también es motivo de celebración. Habitamos un cuerpo que nos comparte su latido, su respiración, su ritmo y su historia. En el vientre materno no solo se forma nuestro cuerpo; también se transmiten emociones, patrones, sensaciones y vínculos. Llegamos al mundo cargados de memorias profundas, muchas de ellas invisibles, pero determinantes. Somos herencia viva de historias familiares, de afectos, de silencios y de esperanzas. Celebrar la vida es también honrar ese primer hogar que nos sostuvo.
Y entonces respiramos. El primer respiro es una celebración en sí misma, aunque respirar sea un acto tan sencillo y automático que pocas veces valoramos. Nuestro cuerpo respira sin que se lo pidamos, como late el corazón, como funcionan los sentidos, como se entrelazan nuestras relaciones y se construye el día a día. En distintas culturas, el nacimiento se celebra con cantos, silencios rituales, campanas, palabras de bienvenida o símbolos de protección. Todas esas expresiones reconocen lo mismo: que estar vivos es extraordinario. Respirar, sentir, vincularnos y habitar lo cotidiano son posibilidades que también merecen celebrarse.
Por eso, celebrar la vida incluye también celebrar los cumpleaños. No solo como una marca del tiempo, sino como un recordatorio de todo lo que somos y de todo lo que hemos vivido. Los cumpleaños, en sus diversas formas de celebración, nos invitan a agradecer la existencia, la compañía, la historia compartida y la oportunidad de seguir escribiendo nuestro camino. Celebrar la vida es reconocer la posibilidad de ser, de estar, de compartir y de continuar.
En este contexto, se acerca mi cumpleaños y hoy celebro desde ese lugar. Este año es un ocho para mí: símbolo de infinito, de equilibrio y de posibilidades que se abren. Celebro el instante en que se encendió la luz, el primer respiro, el cobijo de mi familia y el camino recorrido. Celebro los aprendizajes que han dado profundidad, las complicaciones que han dado sentido, los finales inesperados que han abierto libertad, los amores que han ofrecido hogar, las reconciliaciones que han sembrado paz y las miradas agradecidas que han llenado el corazón asombrosamente en un círculo infinito de ida y vuelta. Hoy celebro la vida como apertura al infinito de posibilidades que sigue desplegándose ante mí. Entonces, cierro los ojos, respiro, impulso el aliento sobre un 48 en velitas doradas que cumplirán los deseos de que la luz se multiplique, viaje con toda su fuerza y se expanda.



