En un mundo laboral en transformación, la integración entre el bienestar psicológico y el marco ético de los derechos laborales deja de ser opcional y se convierte en el cimiento de organizaciones sostenibles
El mundo del trabajo ha cambiado mucho en muy poco tiempo. La pandemia hizo que ciertos cambios se dieran más rápido, los jóvenes ahora valoran otras cosas en su empleo, y la tecnología ha hecho que ya no sea necesario estar siempre en una oficina.
Pero, con todos estos avances, seguimos arrastrando un problema que nos frena: tratamos como si fueran cosas completamente separadas la Psicología Industrial (que se ocupa de que las personas rindan bien y se sientan a gusto en su trabajo) y los Derechos Humanos Laborales (que son las reglas básicas para que un trabajo sea digno, justo y equitativo).
Por mi experiencia trabajando en el punto donde se encuentran la ética en las empresas y el comportamiento de las personas en el trabajo, he visto que esta separación causa problemas graves, aunque no siempre sean fáciles de ver. Hay empresas o dependencias gubernamentales que dicen poner en marcha programas para el bienestar de sus empleados pero al mismo tiempo, sus políticas para contratar, pagar o ascender a las personas no son justas y no respetan sus derechos básicos como trabajadores.
Por otro lado, están las empresas que sí siguen todas las leyes laborales por escrito, pero en la práctica tienen un entorno laboral dañino. Este ambiente desgasta la salud mental y el bienestar de los empleados, lo cual va en contra de la razón principal por la que existen esos derechos.
Unir estos dos enfoques no es solo una idea bonita; es algo urgente y necesario. Las cifras sobre agotamiento extremo (burnout), desmotivación silenciosa y problemas de salud mental vinculados al trabajo muestran que algo no está funcionando donde más importa: en las personas. Al mismo tiempo, los casos de violaciones a derechos laborales básicos —como la libertad para organizarse, la igualdad de trato, un salario justo o un entorno seguro— demuestran que solo cumplir la ley no basta si no se entiende cómo piensan y sienten las personas.
Cuidar el bienestar mental y respetar los derechos laborales no es un gasto, es una ventaja estratégica y un deber social. Cuando una empresa logra integrar ambas cosas, suceden cambios importantes:
· Los programas para prevenir riesgos psicosociales se vuelven más completos, porque no solo identifican fuentes de estrés, sino también situaciones que atentan contra la dignidad y la justicia en el trabajo.
· Las políticas de diversidad e inclusión dejan de ser proyectos aislados para convertirse en un sistema integrado. La psicología aporta métodos para reducir prejuicios, mientras los derechos humanos aseguran que la igualdad y la no discriminación sean reales y no solo palabras.
· La gestión de las personas evoluciona hacia un modelo donde crecer profesionalmente va de la mano con crecer como persona, respetando derechos como la capacitación y la participación. Se deja de ver a las personas como “recursos” y se reconoce que son individuos con dignidad y experiencia valiosa.
Desde mi experiencia diseñando programas de ética e integridad aplicada, he visto que cuando los principios dejan de ser ideas abstractas y se convierten en herramientas prácticas que consideran cómo piensan y sienten las personas, los cambios son reales y perduran. Quienes entienden la parte humana y psicológica de los derechos laborales toman decisiones más acertadas, crean políticas más efectivas y construyen entornos de mayor confianza.
Esta lección aplica a cualquier organización, pública o privada. Las empresas que liderarán en los próximos años no serán solo las que tengan la mejor tecnología o estrategia comercial, sino las que logren crear una cultura donde el buen desempeño, la dignidad, el bienestar mental y el respeto a los derechos laborales se apoyen mutuamente, creando un ciclo positivo.
El futuro del trabajo no se trata solo del lugar desde donde trabajamos, sino de cómo es ese trabajo, en qué condiciones se realiza y qué garantías de dignidad ofrece. Y la respuesta está en integrar el conocimiento sobre el comportamiento humano en el trabajo con el marco ético y legal de los derechos laborales. Eso no es algo opcional: es la base para construir organizaciones que no solo se adapten a los cambios, sino que marquen el camino con propósito, justicia y humanidad.
Tenemos una elección clara: seguir viendo el bienestar psicológico y los derechos laborales como dos mundos separados (uno opcional y “blando”, el otro obligatorio y “duro”), o reconocer que están profundamente conectados y construir organizaciones más justas, saludables, humanas y, en consecuencia, más fuertes y productivas.
Norberto Guerra Mendias Dr. en Derechos Humanos y Psicólogo Industrial
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