Opinión por: Luis Rivera Levario
Con modelo fósil no me refiero al uso o consumo individual de algún derivado del petróleo. No. Desde antes de la Revolución Industrial, ciertos productos fósiles —como el carbón— ya se utilizaban en pequeñas cantidades, y ello no determinó por sí mismo los impactos y consecuencias de un modelo que hoy organiza a toda la sociedad y los territorios a su imagen y semejanza, y bajo sus intereses.
Con la llegada de la primera ola de industrialización, la contaminación creció de forma descomunal, al mismo tiempo que la explotación de las familias de la clase trabajadora se extendió en la misma proporción. Jornadas de más de 12 horas para niñas y niños, en condiciones infrahumanas de la incipiente manufactura industrial, fueron la condena social que acompañó a la polución del aire y del agua en vastas regiones de América y Europa.
Hoy, el modelo industrial, urbano y militar depende estructuralmente del modelo fósil y orienta prácticamente todas las actividades humanas a profundizar esa dependencia. Así, podemos observar cómo el prestigio y la admiración dentro de esta sociedad esclavizada a la contaminación se dirigen hacia individuos sin escrúpulos, capaces de hacer cualquier cosa con tal de colocarse en la cima de la pirámide social.
No es de extrañar, entonces, que dentro de la estructura de este modelo fallido las guerras, las enfermedades y el hambre se reproduzcan y acumulen sin control, como se ha demostrado en los últimos años. Esto resulta inevitable en un sistema cuya base está podrida y no puede reformarse: la explotación irresponsable de la naturaleza y del trabajo humano para obtener ganancias descomunales para los propietarios privados, una ínfima minoría de la sociedad.
En México, y más concretamente en Chihuahua, las consecuencias de este modelo fósil se padecen a diario: los megaproyectos, la inseguridad, la pérdida del tejido social y de los valores humanos, el extractivismo de bosques, cerros y conocimientos, así como la explotación laboral. Todos estos procesos están profundamente relacionados e interconectados, y no pueden revertirse de forma aislada sin encontrar resistencia en cada uno de sus puntos.
Es decir, para frenar la sobreexplotación y la tala ilegal de los bosques sería necesario también trastocar los megaproyectos mineros, carreteros, turísticos e industriales que se ciernen sobre el territorio. De la misma manera, para detener la destrucción de los cerros en las ciudades habría que afectar la expansión urbana salvaje y los patrones económicos, políticos y sociales asociados a ella.
En resumen, el modelo fósil impone sus prácticas mediante una moral y una ideología propias, y moldea a la sociedad para aceptar como normal su adicción a la contaminación.
El modelo fósil no es una fatalidad ni un destino inevitable. Es una construcción histórica, política y económica, y como tal puede ser cuestionada, desmontada y superada. No caerá por sí solo ni se transformará con buenas intenciones: se sostiene mediante el despojo, la violencia y la normalización de la destrucción. Detenerlo implica romper con la idea de que contaminar es desarrollo y que explotar es sinónimo de progreso, y recuperar el valor del territorio, del trabajo digno y de la vida misma.
En Chihuahua, defender los cerros, los bosques y el agua no es una postura ideológica ni un capricho ambientalista: es una necesidad urgente frente a un modelo que avanza arrasando comunidades, ecosistemas y futuro. Aquí, como en muchos otros territorios, detener el modelo fósil es una condición mínima para seguir habitando la tierra con dignidad.



