Por: Patricio Rodríguez Palma
En Guachochi, Chihuahua, las barrancas, los bosques y los caminos no son paisaje: son historia viva. O lo eran. Hoy, esos mismos territorios rarámuri aparecen en folletos turísticos, proyectos de “desarrollo” y discursos oficiales que hablan de progreso mientras silencian el despojo. La tierra cambió de manos, pero no de memoria.
Este patrón se repite en México con una precisión casi cínica. En Oaxaca y Chiapas, las comunidades indígenas conviven con megaproyectos turísticos y extractivos que se apropian del territorio y de la cultura. En Quintana Roo y Yucatán, la selva y el mar se convierten en mercancía: hoteles de lujo, experiencias “ancestrales” de fin de semana, rituales empaquetados para el visitante. Los pueblos originarios, que antes eran dueños de la tierra, ahora son parte del decorado.
Porque no solo se expropia el suelo. También se extrae la cultura. Las festividades, los rituales, la vestimenta y hasta el idioma se transforman en entretenimiento para el consumo de otros, casi siempre blancos, casi siempre con poder adquisitivo. Se paga por “vivir la experiencia indígena” mientras se ignora la precariedad real de quienes la protagonizan. Airbnb sobre territorios comunales, ceremonias convertidas en show, comunidades reducidas a postal.
Este fenómeno no es exclusivo de México. El Monte Rushmore, en Estados Unidos, fue construido en tierras sagradas del pueblo lakota, cuyo nombre original, Six Grandfathers, fue borrado junto con su significado espiritual. Hoy es un símbolo nacional y una máquina turística que genera millones, mientras los pueblos originarios siguen luchando por reconocimiento y restitución.
El colonialismo no terminó: se modernizó. Ahora viste de inversión, turismo sostenible y desarrollo económico. Gobiernos y particulares se reparten ganancias, mientras las comunidades reciben migajas, empleos temporales o promesas incumplidas. La riqueza fluye hacia arriba; la carga, hacia abajo.
En Guachochi, en Oaxaca, en la península de Yucatán, los habitantes originales han sido desplazados del centro de la historia a los márgenes del espectáculo. Ya no deciden sobre su territorio; lo representan. Ya no habitan la tierra; la interpretan para otros.
Tal vez el mayor despojo no sea solo material, sino simbólico: convertir pueblos vivos en escenografía, y culturas milenarias en productos de consumo rápido. Y frente a eso, el silencio también es una forma de complicidad.
«La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra»
Tónachi Guachochi Chih a 4 de Enero del 2026
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