Por: Jorge Arturo Salcido
La educación atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. No por falta de discursos, reformas o tecnologías, sino porque se sigue gobernando como si fuera un sistema aislado, cuando en realidad forma parte de un ecosistema global profundamente interconectado y en tensión.
Pensar la educación fuera de su contexto social, económico, tecnológico y ambiental es hoy un error político de alto costo. Cada decisión educativa —o cada omisión— genera efectos en cadena: en la desigualdad, en la violencia, en la productividad, en la democracia y en la cohesión social. No hay neutralidad posible.
Políticas públicas que no regulan, desestabilizan
Las políticas públicas deberían cumplir una función básica: regular el ecosistema social para garantizar equilibrio y justicia. Sin embargo, con demasiada frecuencia se diseñan desde la improvisación, la lógica sexenal o el cálculo electoral.
Reformas educativas sin financiamiento suficiente, evaluaciones desconectadas de la realidad escolar, discursos meritocráticos en contextos de pobreza y abandono docente no fortalecen el sistema: lo debilitan. En términos ecosistémicos, eliminan los mecanismos de autorregulación y aceleran el deterioro.
No es casual que organismos como la UNESCO insistan en que la educación debe entenderse como un derecho humano y un bien público, no como un servicio sujeto a vaivenes políticos. Cuando este principio se ignora, el daño no es inmediato, pero sí acumulativo.
Tecnología sin ética: el nuevo riesgo silencioso
La inteligencia artificial y la digitalización han sido presentadas como la gran promesa educativa. Y lo son, si se integran con sentido pedagógico, formación docente y marcos éticos claros. El problema surge cuando la tecnología entra al aula sin política pública, sin regulación y sin visión de justicia social.
En esos casos, la innovación se convierte en un nuevo factor de exclusión: amplía brechas, desplaza el sentido educativo y subordina el aprendizaje a lógicas de mercado. La educación deja de ser un espacio de formación humana y se transforma en un proceso automatizado.
La OCDE ha advertido que los sistemas educativos más resilientes no son los más tecnologizados, sino los que combinan innovación con equidad, confianza docente y estabilidad institucional.
Derechos humanos: la línea que no se puede cruzar
En un ecosistema global en crisis, los derechos humanos no son un adorno discursivo. Son el límite que mantiene viable al sistema educativo. Cuando se normaliza la exclusión, la desigualdad o la precarización bajo el argumento de la eficiencia, el sistema puede seguir funcionando… pero ya no es legítimo.
Una educación que no reconoce la dignidad de todos no prepara para el futuro: prepara para el conflicto.
Una decisión histórica
La pregunta de fondo no es si la educación debe cambiar. Eso ya es inevitable. La verdadera pregunta es cómo y para quién.
O las políticas públicas entienden la educación como el principal sistema de adaptación social frente a la crisis global, o la seguirán tratando como un problema administrativo más, hasta que el colapso sea evidente e irreversible.
Un ecosistema puede soportar tensiones durante años. Lo que no soporta es la indiferencia sistemática. La educación está dando señales claras. Ignorarlas ya no es ingenuidad: es responsabilidad política.



