Por: Profr. José Luis Fernández Madrid
Cuando se analiza la dinámica actual del quehacer educativo en el que la docencia se ha convertido en una profesión infravalorada pero además sobreexigida, estos ahora llamados «recesos escolares» bien ameritan unas vacaciones.
Y el término se refiere no necesariamente a la oportunidad de salir de viaje, sino a la necesidad de descansar de aquello que consume la energía corporal tanto como las energías mentales.
Descansar de padres de familia insensatos, de esos que nada les parece, que todo cuestionan sin argumentos válidos, sin razonamiento lógico y sin asumir la parte educativa que en casa les corresponde; descansar de estudiantes irrespetuosos, descansar de incongruentes normativas, de incomprensibles estándares, de irrealizables metas, descansar de inalcanzables estadísticas educativas.
Cuando desde el hogar formamos personas sin compromiso, con escasos valores, con poca responsabilidad, cuando los alumnos son educados por la tecnología, hipermal informados por las redes sociales, pero eso sí, con mucha petición de respeto a sus derechos pero nada de obligaciones, el agotamiento llega y la motivación escapa.
Por ello, ante una labor cada vez más demandante, el personal docente y de apoyo y asistencia a la educación debe tener bastante días de descanso, ¡Qué afortunados! Pero así son comprobadamente merecidos.
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