El pizarrón borrado: crónica de un naufragio educativo

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Por: Felipe Villa

Son las 7:00 de la mañana en una escuela secundaria en la periferia de una ciudad mexicana. El timbre suena, pero no anuncia el inicio de una jornada de descubrimiento, sino el de una carrera de obstáculos y en el salón de 2º B, la maestra Elena intenta que sus alumnos aprendan explicar matemáticas, pero su mente está dividida. La noche anterior se desveló hasta las dos de la mañana, no preparando una clase innovadora, sino luchando contra la plataforma de la USICAMM, intentando subir una constancia de un curso que el sistema le rechazaba una y otra vez por un tecnicismo en el formato del PDF. Ella, es el rostro de la primera razón del desastre: la burocratización de la enseñanza.

El Sistema Educativo Mexicano ha convertido a sus docentes en administrativos, mientras Elena intenta que sus alumnos despejen la «X», tiene que interrumpir la clase para llenar tres formatos distintos que le exige la supervisión: evidencias de asistencia, reportes de incidencias y la actualización de la plantilla y por lo tanto el tiempo efectivo de enseñanza se diluye entre papeles que nadie leerá con atención y el sistema prefiere un expediente estadístico perfecto a un alumno que aprenda.

El edificio que se construye y se demuele cada seis años

El problema de fondo, el que hace que la educación no solo no mejore, sino que retroceda, es visible en los libros de texto que descansan sobre los pupitres. Tomemos el ejemplo de Luis, un alumno brillante pero confundido porque hace tres años, le enseñaron bajo el modelo de «competencias», diciéndole que lo importante era «saber hacer». Hoy, con la Nueva Escuela Mexicana, le dicen que eso era neoliberal y que ahora lo central es la «comunidad». Sus maestros apenas estaban entendiendo el modelo anterior cuando les cambiaron las reglas del juego y ello tiene efectos en el aprendizaje de Luis.

Esta es la tragedia de la discontinuidad política en México, donde la educación no es una política de Estado, es un capricho sexenal. Es como si alguien construyera una casa, y cada seis años, llegara un nuevo arquitecto que, en lugar de poner el techo, ordenara demoler los cimientos porque «los de antes lo hacían mal». El resultado es que Luis egresará de la secundaria sin dominar ni las competencias ni el enfoque comunitario, con lagunas graves en matemáticas y lectura, víctima de un experimento político interminable.

La desigualdad en la enseñanza, tiene código postal

Si viajamos unos kilómetros, a una comunidad rural en la sierra o a una zona marginada del sur del país, el problema cambia de rostro. Aquí no es la burocracia digital, es el abandono estructural. Imaginemos la escuela «Benito Juárez». No tiene internet. A veces, no tiene agua. Aquí, el ejemplo del fracaso es dolorosamente claro: durante la pandemia, mientras los niños de colegios privados en las capitales continuaban sus clases por Zoom en sus iPads, los alumnos de esta escuela quedaron a la deriva porque nadie fue a buscarlos.

El Sistema Educativo mexicano actúa como un amplificador de desigualdades. Un niño que nace en un hogar pobre en México está condenado, estadísticamente, a recibir la educación que reproducirá la pobreza más pobre. La infraestructura está rota y los recursos no llegan a donde más se necesitan. No es casualidad; es un diseño sistémico que ha renunciado a la movilidad social.

El elefante en el salón: La realidad que nos supera

Finalmente, hay una razón por la que la situación está peor que hace una década, un factor que a menudo se omite en los discursos oficiales: la escuela ha sido rebasada por el entorno.

Pensemos en Marco, un estudiante de tercero de secundaria. Marco, dejó de asistir hace dos semanas. No fue por falta de ganas, en su colonia el crimen organizado tiene más presencia que el Estado y para él la escuela dejó de ser un refugio seguro y un camino al éxito cuando vio que el «halcón» de la esquina gana en una semana lo que su Maestra gana en una quincena.

La violencia, la descomposición del tejido social y la falta de autoridad moral en las instituciones, se filtran por las ventanas de las aulas y los Maestros, desprotegidos, y muchas veces amenazados, optan por el silencio y la supervivencia. Así, los protocolos de seguridad escolar son letra muerta frente a una realidad armada.

¿Por qué no mejora?

La educación en México no mejora porque se ha dejado de hablar de pedagogía para hablar de política. No mejora porque hemos quitado el termómetro (las evaluaciones autónomas) para no ver la fiebre que empeora cada día porque hemos roto el pacto más sagrado de una sociedad: la promesa de que, si estudias y te esfuerzas, tendrás una vida mejor y hoy, para millones de jóvenes mexicanos, esa promesa suena vacía.

Las tablas de salvación: ¿se puede evitar el naufragio?

El panorama es oscuro, sí, pero rendirse a la derrota sería el peor error porque en México hay un ejército de talento en las aulas y, sobre todo, una resistencia heroica en sus maestros, pero el heroísmo no es una estrategia, y para reescribir la historia de Elena, Luis y Marco, debemos dejar de remendar y reconstruir desde la base con acciones:

1. ¿Qué es la cultura? Un pacto de Estado: la educación blindada

La respuesta es política, en el mejor sentido de la palabra.  Hace falta un ‘Pacto de Estado’ que blinde la educación de los cambios políticos y necesitamos un gran pacto de Estado de todos los partidos, firmado ante notario, según el cual de que, el partido político ganador quien gane, garantice que el derecho de los NNA a la educación y que el modelo educativo no se toque en 15 años porque solo la continuidad, la cohesión y la congruencia, permiten corregir errores y refinar procesos y para que esto ocurra, debemos dejar de ser el país de la «eterna reinvención» para transformarnos en el país de la «mejora continua», esa que como en la industria, el comercio y los negocios, obedece al neoliberalismo.

2. ¿Qué es lo que haces?  Una desintoxicación» burocrática.

¡Liberen a la maestra Elena! La Secretaría de Educación debe implementar una política de cero papel y simplificación administrativa radical. Si un dato ya está en la plataforma, que no lo vuelvan a pedir impreso en físico. El objetivo debe ser que el 90% del tiempo del maestro se dedique a enseñar y cuidar socioemocionalmente del alumno y de sí mismo, no a generar evidencias para complacer a un burócrata de oficina central.

3.  Egreso: Autonomía real (no simulada) a las escuelas.

Nadie conoce las necesidades de una escuela en la Sierra de Chihuahua como sus directivos y maestros» y el centralismo, sofoca. La respuesta es empoderar con recursos y capacidad de decisión a los Consejos Técnicos Escolares para adaptar el currículo y los horarios al contexto local (clima, seguridad, actividades económicas de la región cultura) sin tener que pedir permiso para todo a la capital del país.

4.  Salida: Regresar a la Evaluación Diagnóstica Dar utilidad verdadera a los resultados de la Evaluación Diagnóstica

Hay que perder el miedo a compararse, es necesario recuperar un órgano independiente que nos diga la verdad, aunque nos duela, no para culpar al maestro (eso ya quedó en la historia), sino para detectar exactamente en qué parte de las matemáticas Luis se atora y elaborarle un traje a la medida para resolverlo porque sin diagnóstico, seguimos medicando a ciegas.

La crisis educativa de México no es un problema de «escuelas»; es un problema de viabilidad nacional porque cada alumno que el sistema expulsa o abandona es un ciudadano condenado a la miseria o al crimen organizado. El problema no avanza porque olvidamos que la escuela es humanista, no estadística y la solución no la tiene un decreto mágico del Presidente en turno; el día en que la clase política sociedad mexicana se dé cuenta que la ignorancia es más cara que cualquier presupuesto destinado a mejorar para la educación y exija, con la misma pasión que defiende otros derechos, que dejen de politizar el futuro del país de sus hijos.

El barco se hunde, sí, pero mientras exista un docente y unos alumnos con ganas de pensar, todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo.