Por: Profr. José Luis Fernández Madrid
Cuando la actividad laboral se convierte en el hogar de quienes viven y conviven en él, la obligación de quienes los encabecen es, en primer lugar, empatizar para defender a sus integrantes.
Jamás será función del dirigente ofrecer a sus colaboradores a instancias superiores o sancionadoras para que, con la guillotina afilada, sus cabezas puedan rodar.
Como en toda dinámica en la que predominan las relaciones sociales, éstas implican una alta probabilidad de desencuentros, posturas contrarias o puntos de vista debatibles que generen disgustos o claras desaveniencias, es normal, pero buscar la salida fácil por parte de quien debe procurar a los suyos suena más a incompetencia o incapacidad para llevar las riendas de un colectivo.
Defender la casa es asumir el reto de lograr los acuerdos de manera doméstica sin que estos trasciendan más allá de las paredes del hogar, defender la casa es coordinarse en la búsqueda de mejoras, defender la casa es corregir o enmendar en privado y felicitar en público, defender la casa es obtener beneficios para los propios, defender la casa es atender las problemáticas y resolver en lo interno.
Cuando las actiitudes de «jefe» se imponen a las de Líder se seguirán viendo casos y cosas peores por la deslegítima indefensión de las causas y personas.
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