Por: Rosalío Morales Vargas
La travesía ha sido prolongada
entre el oleaje del dolor e indiferencia,
el tiempo oscuro y tempestuoso
de casi medio siglo de ajetreos,
no amilanó el espíritu rebelde
ni desgastó el filo de los sueños.
El lívido color de la apatía
no pintó las moradas temerarias
con el tinte medroso de opaco desaliento.
El afán buscador y persistente
atestigua la férrea y obstinada
tarea de rasgar las cortinas de mutismo.
Cuarenta y siete años de lucha sostenida,
dan cuenta de la intrepidez apasionada,
fundida en los fogones de la audacia ,
para impedir que cantos de sirenas
entonen letanías de disimulo,
endulzadas desde flautas del poder.
Ataviadas de negro, el alma en vilo,
el paso de los años ha dejado cicatrices,
arrugas en el rostro, pasos lerdos;
exploraron ya todos los caminos,
visitaron las lóbregas prisiones,
no dejan de buscar, no pierden la esperanza.
En esta lid de décadas sombrías
no las compró la bolsa de valores,
su fortaleza recia, intransigente,
nace de una moral imbatible, acrisolada
en la certeza justa de su causa
que resquebraja el hielo del desgano y la tibieza.
Las Doñas otra vez están en huelga de hambre,
no se han ido hacia holguras oprobiosas,
continuarán hurgando en confines deletéreos,
siguiendo cualquier pista que conduzca
al paradero ignoto de su gente amada,
y no descansarán hasta encontrarles.
Desafían la aflicción con la conciencia
mantenida lozana y luminosa,
saben que la verdad es tardada pero llega
lanzando fogonazos de auroras encendidas
en la agreste pradera
del agobiante miedo y la amnesia interesada.