Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón
Después de 27 años frente a grupos de secundaria y tres más desde la dirección escolar, vi de todo en los pasillos y salones de clase. Sin embargo, hay una realidad que durante décadas se mantuvo en un silencio sepulcral, oculto tras el estigma y la vergüenza: la gestión de la salud menstrual de nuestras alumnas.
Mi paso por la jefatura del departamento académico de secundaria y telesecundaria me permitió entender que la educación no es un proceso que ocurra al margen de la biología de los estudiantes, y hoy, ante la iniciativa legislativa en Chihuahua para justificar inasistencias por este motivo, es imperativo alzar la voz desde la experiencia pedagógica.
Recuerdo vívidamente un foro de niñas, niños y adolescentes donde escuché los testimonios de pequeñas de la etnia Ralámuli. Sus palabras fueron un golpe de realidad: nos hablaban de las dificultades extremas que enfrentan en sus comunidades y escuelas para sobrellevar sus periodos, desde la falta de agua hasta la carencia de insumos básicos. Esa experiencia fue el motor que nos llevó a impulsar, de la mano con UNICEF, el programa WASH (Agua, Saneamiento e Higiene) y esquemas de capacitación en higiene menstrual en nuestro estado. No se trataba solo de construir baños, sino de construir dignidad.
La iniciativa que hoy se discute en el Congreso de Chihuahua, impulsada por la diputada Jael Argüelles, propone reformar la Ley Estatal de Educación para que estudiantes con dismenorrea incapacitante o endometriosis puedan ausentarse justificadamente.
Desde mi perspectiva como docente, esto no es un privilegio, es una cuestión de justicia y salud pública. La medicina es clara: la dismenorrea severa afecta hasta al 91% de las estudiantes en algún grado, y el dolor incapacitante es una realidad fisiológica que impide cualquier proceso cognitivo real.
Como directivo, siempre he sostenido que la asistencia física no es sinónimo de aprendizaje. Investigaciones pedagógicas serias demuestran que la asistencia presencial solo explica un 11.8% de la variabilidad en el rendimiento académico; el resto depende de la motivación, el entorno y, fundamentalmente, el bienestar del estudiante. Un alumno que asiste a clase bajo un dolor agudo —lo que llamamos «presentismo»— no está aprendiendo; está sufriendo. Forzar la presencia física en condiciones de salud precarias solo fomenta el desinterés y, en última instancia, el abandono escolar.
Ya existen precedentes exitosos. La Ciudad de México aprobó recientemente reformas similares, apelando a la confianza y eliminando barreras burocráticas como la exigencia de certificados médicos costosos para cada periodo. En Chihuahua, debemos transitar hacia ese modelo de educación más humano y empático.
Legislar a favor de la salud menstrual es reconocer que nuestras escuelas deben ser espacios seguros para todos los cuerpos. Es hora de dejar atrás los tabúes y entender que, si queremos calidad educativa, primero debemos garantizar que nadie tenga que elegir entre su salud y su boleta de calificaciones. Nuestras niñas y adolescentes, especialmente aquellas en contextos de mayor vulnerabilidad como nuestras comunidades indígenas, merecen un sistema que las acompañe, no uno que las castigue por un proceso natural.
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