Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón
En las oficinas de las escuelas de educación básica, el ambiente comienza a tensarse. No es por los alumnos sino por la preparación de la Quinta Sesión Ordinaria del Consejo Técnico Escolar (CTE) programada para el viernes 27. Tras 27 años frente a grupo y tres años de director de secundaria, me permito una reflexión que nace desde los comentarios de los docentes en las redes sociales, pero también de un profundo amor por la educación: el CTE, que debería ser el santuario de la pedagogía, se ha convertido en el epicentro de la mayor contradicción sistémica.
Han transcurrido siete años bajo el estandarte de la Nueva Escuela Mexicana (NEM). Se prometió «autonomía profesional» y un proceso de «codiseño» que devolvería al magisterio la dignidad como agentes de transformación social. Sin embargo, desde las escuelas, la realidad se ve distinta. Esa autonomía es, con frecuencia, una fachada para una verticalidad que no cede. Las «orientaciones» de la SEP llegan como guiones preestablecidos que se deben cumplir cronómetro en mano. Este mes, por ejemplo, el énfasis está en la «colaboración escuela-familia» y el «Mundialito Escolar 2026». Temas loables, sí, pero impuestos en una agenda que rara vez deja espacio para lo que las escuelas realmente necesitan: atender el rezago en lectura y matemáticas que sigue asfixiando a los estudiantes.
Los directivos, viven en una encrucijada insoportable. Por un lado, se les pide ser un «líder pedagógico» que fomente comunidades de aprendizaje. Por otro lado, la normativa vigente los obliga a actuar como un fiscalizador administrativo, recolectando «evidencias» y «productos» para una supervisión que, a menudo, parece más interesada en el formato del acta que en el impacto del aula. Esta carga burocrática es el «ladrón silencioso» de nuestro tiempo. No es extraño que más del 55% de los maestros califiquen su carga laboral como «insoportable» como lo señala la encuesta global realizada por la Internacional de la Educación (IE); el malestar docente no es una queja de pasillo, es un síntoma de un sistema que enferma a quienes deberían sanar el tejido social.
La resistencia en las escuelas es real y legítima. Los maestros están agotados de reformas que parecen modas sexenales. Sienten que el CTE ha sido «apabullado» por una intromisión que ignora sus saberes territoriales. Y no solo el magisterio resiste. Los padres de familia, que enfrentan este viernes una nueva suspensión de clases, miran con escepticismo estas jornadas. Según la Encuesta ECR-Áltica 2025, un instrumento de alcance nacional realizado por la organización Educación con Rumbo, reveló que el 41% de los padres y madres de familia reportaron entre una y dos suspensiones de clases al mes, identificando como causa principal las sesiones de los consejos técnicos (37%), seguidas por días festivos (11%) y ausencias de los docentes (10%), lo que fractura la organización familiar y alimenta la percepción de que la escuela pública es un servicio interrumpido.
Se habla de «pedagogía decolonial» y de romper con estructuras opresivas, pero la opresión más inmediata que enfrentan los docentes es la burocracia de la propia SEP. El sindicato ahora exige con fuerza un «menos papeleo y más aula», una demanda que suscribo con cada fibra de mi experiencia.
Después de 30 años en el sistema, tengo una certeza: la excelencia no llegará con más videos de «sensibilización» ni con metas «rebuscadas» redactadas bajo presión. Llegará cuando se confíe de verdad en el docente. Cuando el Consejo Técnico deje de ser una oficina de trámites el último viernes de cada mes y se convierta en lo que siempre debió ser: el espacio donde los maestros, sin guiones impuestos, decidan cómo salvar el futuro de nuestros jóvenes.
Es tiempo de hechos, no de orientaciones. Menos burocracia, más docencia. Los maestros se reúnen este viernes, en la misma simulación de siempre, esperando que algún día la autonomía sea más que un concepto en un manual.



