El camino que nos deben y el camino que hacemos

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Por: Patricio Rodriguez Palma

Desde hace décadas se repite la misma promesa: una carretera pavimentada que conecte Guachochi con Tónachi . Treinta kilómetros. No es una distancia imposible ni una obra monumental. Sin embargo, generación tras generación, esa carretera ha existido solo en discursos, planes de gobierno y visitas protocolarias. Para quienes vivimos en la sierra, esa ausencia no es una abstracción: es aislamiento, es atraso impuesto, es abandono estructural.

No es que no nos interese esa carretera. Nos interesa, y mucho. Sabemos lo que significa llegar a tiempo a un hospital, no depender del clima para movernos, no quedar incomunicados durante semanas. Pero también sabemos —porque la historia aquí se aprende a golpes— que cuando finalmente se construyen carreteras de este tipo, rara vez se hacen pensando en las comunidades indígenas. Se hacen para atravesar el territorio, no para integrarlo; para extraer, no para cuidar; para beneficiar a unos cuantos, no a quienes han habitado estas tierras desde siempre.

La carretera prometida suele responder más a intereses económicos externos: grandes propietarios, empresas forestales, actores que ven la sierra como recurso y no como hogar. Para ellos, el asfalto es una inversión. Para nosotros, muchas veces, es el inicio de una nueva forma de despojo.

En ese contexto, los llamados caminos artesanales abren una discusión distinta. No son la solución total ni pretenden serlo. Son otra lógica. Una que no parte del gran proyecto impuesto, sino de la necesidad concreta. Caminos hechos por las propias comunidades, con trabajo local, sin discursos grandilocuentes, sin la fantasía del “progreso” que siempre llega de fuera y nunca se queda.

Estos caminos no prometen desarrollo en abstracto. Permiten algo más básico y más urgente: moverse, comunicarse, acceder a servicios mínimos sin depender de intermediarios ni de favores políticos. También fortalecen algo que las grandes obras suelen erosionar: la organización comunitaria y el control sobre el territorio.

Desde Tónachi , la pregunta no es técnica ni presupuestal. Es política.
¿Qué tipo de conectividad queremos?
¿Una carretera que nos atraviese o caminos que nos sostengan?
¿Infraestructura que facilite la acumulación de unos pocos o procesos que fortalezcan a las comunidades?

La izquierda, si pretende ser algo más que una etiqueta, debería hacerse estas preguntas con honestidad. No basta con construir obras; importa para quién se construyen y bajo qué relación de poder. En la Sierra Tarahumara estamos cansados de promesas que llegan desde arriba y nunca bajan al suelo.

Tal vez la carretera Guachochi–Tónachi llegue algún día. Pero mientras siga pensándose sin nosotros, seguirá siendo una deuda. Los caminos artesanales, con todas sus limitaciones, al menos parten de otra premisa: que el territorio no es un obstáculo a vencer, sino una realidad que se habita y se defiende.

Y eso, en una región históricamente relegada, ya es una forma de protesta.

¿Que será mejor para Tónachi y las comunidades indígenas, 30 Kilómetros de pavimento prometido cada elección ó 17 Kilómetros de camino artesanal elaborado por manos de obra local?

Tónachi Guachochi Chih a 25 de Enero del 2026