Por: Rosalío Morales Vargas
El velo de tristeza y pesadumbre
que se extiende por toda Palestina,
no impide que el jolgorio de criaturas
restañe el escozor de sus heridas.
Aún se juega en medio del desastre,
todavía existen risas infantiles,
entre la destrucción y el exterminio,
se enhebran las kufiyas de alhelíes.
No se ha apagado el brillo de los ojos
de las niñas y niños palestinos,
a pesar del flagelo de la hambruna,
no dejan de soñar, no están perdidos.
Se corretea sobre los escombros
y se echa a volar la fantasía
pues dentro del dolor hay ilusiones
por la sed infinita de justicia.
En las robustas ramas de un olivo
se mecen los columpios de añoranza
y un papalote atisba por los aires
el rojizo fulgor de una alborada.
Las muñecas de trapo son movidas
por la fuerza vital de la ternura,
y en las canchas de tierra de La Franja,
raudos ruedan balones de gamuza.
En los charcos formados por la lluvia
navegan los barquitos de papel,
la zozobra no evita que los niños
este juego lo sientan en la piel.
Se logrará frenar a la barbarie,
no se deslizará por la pendiente
del odio y el rencor envenenados,
el vaho atosigante de la muerte.
Rescatar el derecho a la alegría,
que termine la guerra cruel e infausta,
que los niños regresen a la escuela
en un ambiente lleno de esperanza.
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