Carta al pueblo de Dios del Papa Francisco

Por: Pbro. Camilo Daniel Pérez

Pbro. Camilo Daniel Pérez

El Papa Francisco publicó el pasado 20 de agosto su “Carta al Pueblo de Dios” donde califica como un crimen el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. “Nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado… Las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades”, afirma el Papa. Además, dice que el grito de dolor, mucho tiempo “ignorado, callado o silenciado, fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad”.

Además, el Papa Francisco se lamenta de que no se haya actuado a tiempo “reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas” y afirma que “nos hemos demorado en aplicar acciones y sanciones necesarias”.

Luego el Papa en su carta pide el involucramiento de toda la Iglesia, de todo el Pueblo de Dios, para contrarrestar “la manera anómala de entender la autoridad de la Iglesia” que ha derivado en “conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia, como el clericalismo” y, yo diría, el machismo clerical. Finalmente exhorta a una conversión de corazón. “Para esto ayudará la oración y penitencia”.

Al leer esta carta me brotan las siguientes consideraciones:

1ª.- Me parece una carta muy valiente del Papa en cuanto reconoce la magnitud del daño por los abusos sexuales de quienes menos se esperaban, del clero y de personas de vida consagrada. Además, el Papa reconoce que no se actuó debidamente ni a tiempo a favor de las víctimas y que, incluso, se cayó en complicidad por las mismas autoridades eclesiásticas.

2ª.- Aunque el Papa no lo dice explícitamente, se deduce que desgraciadamente se estableció un “modus operandi” (un modo de actuar) de la Iglesia que, tal vez, con la idea de evitar escándalos se ocultaban esos pecados que no podemos menos de calificar como “atrocidades criminales” que han dañado a tantas víctimas de por vida. Seguramente habría exhortos a la conversión, reprimendas y hasta castigos en el orden privado a los perpetradores de estos delitos, pero sin tocar las causas patológicas y sico-sociales del problema, sin denuncias claras, exponiendo a más víctimas inocentes.

3ª.- Desafortunadamente los escándalos de los abusos sexuales no fueron inicialmente denunciados y hechos públicos por las mismas autoridades eclesiásticas, sino, como dice el Papa Francisco, fue el gemido de dolor de las víctimas que se volvió un grito impetuoso, más fuerte que el silencio, un grito desesperado que clamaba y sigue clamando justicia por parte de las víctimas. “Las heridas nunca prescriben”, afirma el Papa. De ahí podemos deducir que, al menos inicialmente, no había la disposición necesaria para cambiar la manera de abordar tan grave problema. Fue la presión a nivel mundial y social tanto del poder judicial como de los medios de comunicación que pusieron el dedo en la llaga.

4ª.- Esta problemática de los abusos sexuales no deberá asumirse por parte de la Iglesia como un problema puntual ni como hechos eventuales por más numerosos que estos sean, sino que tocan a todo el ser y quehacer de la Iglesia Católica, a su esencia misma, a sus propias estructuras. El Papa de alguna manera deja entrever que uno de los problemas más grandes dentro de la Iglesia es el abuso del poder religioso, poder concentrado en un exacerbado clericalismo y un machismo clerical que “feminiza” y considera a los laicos como menores de edad. Así como de la religión puede surgir lo más noble, legítimo y sublime del ser humano, así también puede surgir lo más bajo y degradante, como se constata por la historia misma.

5ª.- Creo que ha llegado el momento en que la Iglesia se deje cuestionar por elementos externos a ella, sin victimizarse ni “autorreferenciarse”, como dice el Papa Francisco. Sin buscarlo, la Iglesia está ahora ante una gran auditoría externa, de cara al mundo, fiscalizada desde sus cimientos. Si bien es cierto que hay muchas cosas más positivas que negativas en la Iglesia, tenemos el riesgo de voltear a otro lado del espejo, sin ver las arrugas, como decía Juan XXIII, que diagnostican males profundos. “Hay que abrir las ventanas de la Iglesia para que entre aire fresco”, decía el citado Pontífice en la apertura del Concilio Vaticano II. Abrirlas, agregaba, “con la finalidad de que podamos ver lo que pasa al exterior, y que el mundo pueda ver lo que pasa al interior de la Iglesia”. Es el momento para la Iglesia de revisarse a fondo, deberá desacralizar su propia historia, dejar de pensarse como un ente absoluto e intocable, revisar a fondo sus instituciones y procedimientos a la luz del Evangelio y con nuevos enfoques teológicos. Deberá verse con humildad en el espejo de sus propias contradicciones, como las de condenar a unos y solapar a otros.

6ª.- Termino comentando que para la Iglesia, si se deja cuestionar a fondo, será una hora de gracia y bendición por más dolorosa que ésta sea. Acompañemos esta etapa de purificación con penitencia y oración, como lo pide el Papa en su “Carta al Pueblo de Dios”.